Está tan lejos, que hasta la muerte parece que le cuesta llegar. La Ciénaga es un pequeño caserío incrustado en las montañas, casi como caído del mapa. Sólo se puede ir a pie o andando a caballo durante más de cinco horas desde Tafí del Valle. No hay energía eléctrica, viven sin gas natural, no tienen conexión a Internet, no necesitan el agua potable, y ni siquiera hay un cementerio.

El paisaje es maravilloso. Hay tanto verde como en un enorme campo de golf. El silencio es poderoso. A veces, sólo lo interrumpe el silbido del viento o el canto de un pájaro que se repite por el eco de las montañas.

Viven apenas 18 familias, aunque cada vez son menos. Los jóvenes salen en busca de otros mundos, otras vidas. La mayoría viaja a Río Grande (Tierra del Fuego). Los adultos prefieren quedarse. Allí nacieron y ahí están dispuestos a dejar sus huesos -dicen-. Son felices con pequeñas cosas. Crían vacas para comer carne, cortan leña para hacer el fuego, cargan agua de las vertientes para beberla fresca y cristalina, cuidan las ovejas para obtener lana de abrigo, tienen caballos para cruzar los cerros, y perros que ayudan a dominar los rebaños.

Al cementerio

Así como el perro es un amigo fiel, en La Ciénaga el caballo es un hermano. Sin caballo no se puede vivir. El animal es el medio de transporte, y el modo de pelearle a la vida. El caballo acompaña hasta en la muerte. Cuando alguien muere, en La Ciénaga, hacen falta caballos, muchos caballos. Los lugareños preparan una escalera, en posición horizontal, como si fuera una camilla. Colocan al finadito encima de la escalera, atado con cuerdas y envuelto en una manta. Dos hombres, uno en cada extremo, cargan al difunto al hombro para llevarlo hasta Tafí del Valle, donde está el cementerio. Cruzan el río, suben por el cerro, y bajan por los barrancos haciendo equilibrio para no pisar en falso.

La carga es tan pesada que, los más guapos, sólo pueden caminar apenas unos 100 metros y deben ser reemplazados. Van turnándose durante todo el trayecto. Los que esperan su turno avanzan al lado a caballo. Cuanto más lugareños ponen el hombro, más rápido se hace el recorrido, que puede llevar unas cuatro horas. Son solidarios entre todos y cuando reciben visitas cocinan locro comunitario en una olla del tamaño de un lavarropas. Al aire libre cortan la carne, pican las verduras y encienden el fuego para calentar el agua. El techo de la cocina es el cielo y el piso, la pachamama.

El viento sopla y las cenizas se levantan, vuelan, y algunas caen adentro de la olla. "Así es más rico", dice sonriente Hilda Mamaní, la cocinera. Rogelio, su marido, corta una rama gruesa, le quita la corteza con un cuchillo hasta quedar como un bastón largo con el que remueve la cocción.

Abriendo la tranquera

Alejandro Cruz trabaja para el patrón. Es el capataz de la hacienda. Debe cuidar los animales, es un experto en la elaboración del charqui (carne salada puesta a secar al sol) y de la cabeza guateada. Tiene la tonada típica de los habitantes de la alta montaña, con una suerte de canto al final de cada frase. "Se levantamo como a la cinco de la mañana. Temprano pa? tomá mate -dice- y de ahí hay que empezá a trabajar con los animales, a soltar las ovejas pa? pastiar".

Mientras los chicos van a la escuela, las mujeres se ocupan de las cosas de la casa. Una de las comidas preferidas es el cordero. "Nunca lo carniamo después del mediodía -advierte Cruz-, porque si el animal come no es el mismo gusto. Aparte, la carne dura menos, es como que se hecha a perder si se lo carnia después del mediodía".

En invierno, la nieve es una amenaza que los mantiene alerta. El paisaje blanco es bellísimo, pero los pobladores reniegan porque los animales se mueren. Aunque no haya nieve, siempre hace frío, por eso acostumbran a encender el fuego adentro de sus casitas de adobe. "Antes todo era a querosén -recuerda Cruz-, pero ahora se manejamo con leña".

La Ciénaga está de fiesta. Los visitantes de la capital van llegando con más de una tonelada de mercadería, ropa, y útiles para donárselos. En un rincón de tierra, lejos del patio de la escuela, el locro hierve a fuego lento y unos perros merodean de cerca, mientras Brian Chaile llama a los chicos a jugar al fútbol. Tiene 14 años y, una vez, lo llevaron a Río Grande. "Fui a probar suerte, como hacen todos, pero no me gustó y me he vuelto -dice Brian-. Mis hermanos están allá, pero yo prefiero aquí que es muy tranquilo".

Los pocos que deciden quedarse en La Ciénaga reniegan del bullicio de las ciudades. Tafí del Valle les parece un caos. Doña Cruz Ayala lleva un pañuelo florido en la cabeza y, a sus 70 años, tiene la piel curtida por el sol. Ella no cambia su lugar en el mundo. "Aquí tenimo la leña, tenimo la?gua, pero en Tafí no se puede -afirma-. Si es pa? tené agua, en Tafí tenimo que tené plata. Ahí los chicos se hacen vago? y hasta las mujeres se volvimo? vaga?. Aquí tenimo animales, y que ya tenimo que hilá, que molé, que lavá, tenimo? que i? a la leña".

Así pasan los días en La Ciénaga, donde la gente se levanta temprano para hornear el pan. "Soy nacida y criada aquí. De lo que i? llegao? a este mundo i? cuidao? ovejas y cabras y vacas", dice Doña Cruz, mientras se aleja despacio. Ella camina lento, un poco encorvada y sube por el cerro con la sonrisa ancha, peleándole a la Parca, amasando la vida en las montañas, donde "lo cotidiano parece volverse mágico".